viernes, 24 de marzo de 2017

TE RECUERDO QUE YO TE ELEGÍ
















Te recuerdo que la noche que te conocí, yo te elegí
A pesar de lo que se esperaba de mí, a pesar de ti
Gracias a las copas me atreví a enganchar tu brazo
entonces se desprendió de tus labios un bonito canto
me estremeció la idea de mecerme en ti de inmediato
"Caracas es de a dos, mínimo" dije haciéndome cargo.

Sentí, sendo corrientazo 220 atravesándome la mano,
me fustigó el latigazo de conciencia: nadie entendió
estabas perplejo y me preguntaste si seguía contigo
pero tenía que macerarme en este vehemente deseo.
Cruzar la ciudad con una tonta sonrisa no está fácil
testaruda conducta que recuerda a los primeros días.-

martes, 10 de mayo de 2016

DUKKHA

















Sin defensa ni coraza
aguas reprimidas
tristeza macerada
aventuras fracasadas

el desamor de los viejos
y los reveladores silencios
las noticias de los diarios
volvieron todo blando

a la espera del gran salto
tomar la espada por el mango
con una serpiente a cada lado
el ojo por la flecha atravesado

díscola y rara
atenta meditante
viaja cantando
van a visitarla.



lunes, 25 de abril de 2016

PRIVACIÓN




















Las palabras son duras / pesan más
ahora son reales / sin querer hablar
prefiero soledad / es difícil soportar
odio quien es hoy / ¿es así como soy?
estoy presa lejos / quieta en el limbo
Los años de depender veo volar
y cuando la vida / -¿qué vida?-
viene a tocar / estás dormida
más que eso / estás ida
no me parezco porque no era mía
me seduce el deseo de soltar
o pagar por tranquilidad

***

con flores blancas y amarillas
ayer las magas me sanaron
ante mis pies
Yemayá empujó la nívea
Escoge la Fuerza
me ordenó la Justa.
Temo a lo precario
y ella dijo: 
En su Juego
Nunca será como creas
Él siempre hará lo que quiera.




martes, 12 de abril de 2016

FLORECER O MORIR



La creencia de que los pensamientos propios son los únicos correctos es enemiga de la verdad, escogí como ejemplo de ello la siguiente frase: “a los chavistas los debe aleccionar la ‘fuerza moral’ del país”. La falacia en este argumento es que esa “fuerza moral” es fachista, pues secuestra Presidentes, decapita para imponer su derecho, persigue y desaparece a su adversario, procede como un empresario, sin escrúpulos e impulsada por las ganancias.  


Entre los venezolanos nos tiramos escardillazos por no poder ser mejores personas, si en las colas nos hacemos sentir miserables a través de la palabra, ahí el enemigo ya ganó. Esto no es pesimismo, es una visión subjetiva porque somos carne con nuestros traumas, si estuviéramos conscientes del efecto de todas las taras que aún carga nuestra sociedad no estaríamos haciendo todo esto para dañarnos.


Con “esto” me refiero a que los retos de la lucha diaria en esta ciudad, que Salomón Rondón describió como invivible y caótica, tienen más que ver con la resistencia al lado oscuro, vileza que aquí llaman viveza, a las mentiras, abuso y egoísmo, que resistir al hampa, a la corrupción, al “régimen” y todos los lugares comunes del relato derechista.


Estos Caribes no pueden despotricar ni pasar arrecheras por las colas, los precios, el calor, la sequía, la escasez, ni mucho menos por los bachaqueros. No hay que ser infelices porque cerraron el chorro de petrodólares, no debemos ser los desclasados que se olvidan dónde y gracias a quién estudiaron, viajaron, se curaron, accedieron a derechos y espacios que jamás hubieran existido sin una revolución.


Hablando del precio de los alimentos, Indira Carpio citó recientemente en su columna “Gastronauta” a Jean Marie Guyau, quien dijo que “la planta no puede abstenerse de florecer, algunas veces florecer, es para ella morir”. Bueno, cuando los bachaqueros cobran a las madres de este país dos mil bolos por unos pañales y otros dos mil y pico por la leche, yo me desgarro, sé que si no floreo perezco; esta situación hace todo para extirparnos la vida. 


La compasión y la solidaridad sí son la salvación, y con esto me refiero sólo al amoroso sosiego que sentí cuando me di cuenta que en esta circunstancia, todas padecemos ese “florecer o morir”, así que juntas debemos transformar los sentimientos que nos produce la situación.


Una amiga en Argentina, evidentemente traumada por la dictadura de Videla, me dijo que los revolucionarios caían en el error de anteponer la importancia de la Patria a la idea de la familia. Y en algunos casos es así, de hecho, hay una película llamada Infancia clandestina que casi justifica la desaparición de unos activistas por su forma de pensar, al final (*spoiler alert*) le deja a la audiencia un mal sabor de boca: “¡qué bolas esos comunistas luchando por una Patria para sus hijos!”... Luego de verla le pregunté a mi amiga: “¿si no hay Patria, dónde ubicamos a esa familia?”… Ella entonces concedió que los revolucionarios propugnan mejores valores para la humanidad que los implícitos en el guión de la verdad capitalista. 

***


Un tal Hugo Chávez, el 15 de septiembre de 2005, dio un formidable discurso en la 60° Asamblea General de las Naciones Unidas, denunciando ante el mundo entero que el documento de la resolución “fue entregado cinco minutos antes ¡sólo en inglés! a nuestros delegados y se aprobó con un martillazo dictatorial, que denuncio ante el mundo como ilegal, irrito, nulo e ilegítimo”.


 “Ahora aquí no se vota, ahora aquí se aprueban documentos como este que yo denuncio a nombre de Venezuela, como írrito, nulo e ilegal, se aprobó violando la normativa de las Naciones Unidas ¡No es válido este documento! Habrá que discutir este documento. El Gobierno de Venezuela lo va a hacer conocer al mundo, pero nosotros no podemos aceptar la dictadura abierta y descarada en Naciones Unidas, estas cosas son para discutirlas y para eso hago un llamado muy respetuoso, a mis colegas los Jefes de Estado y los Jefes de Gobierno”.


Chávez presentó una propuesta general: “La democratización de la ONU, a través de la propuesta de eliminar el derecho a veto que tiene el Consejo de Seguridad”. 


Si me preguntan, ese tipo fue coherente con la idea de una Patria Libre. 


Sé que nada de lo que yo diga aquí puede hacer que un escuálido deje de serlo y empiece a ser chavista, de hecho, sé que me pueden joder por lo que estoy diciendo, porque algunos derechosos son especialmente reaccionarios. Pero sé también que los míos, mis compas, necesitan saber que aún ahora, en la situación en la que estamos, yo sigo siendo chavista porque un hombre resistió efectivamente ese lado oscuro del que hablé antes, e hizo frente exitosamente al mayor enemigo de la independencia venezolana, que es el patoteo imperial que también rechazó Néstor Kirchner en la Cumbre de las Américas en Mar del Plata en 2006.  


He visto por ahí a algunos exchavistas patalear y afirmar que la guerra económica es un invento de Maduro, y si ese fuera el caso, tal vez crean que un gobierno de Capriles, López, Machado, Ramos Allup y demás personajes siniestros del pasado sería mejor… Entonces, esto implica que aún creen que la derecha haría Patria para el pueblo…


martes, 5 de marzo de 2013

ALFA LOVE

Amado:

Te escribo a la vera del río. He querido enviarte señales antes, mejores y más amorosas, pero me daba pena ocuparte con mis vainas, ya tienes bastante con lo que te pasa.

Espero que para leer esta carta tengas un momento de paz, entre tanta gente que te quiere importunar y preguntarte sobre infinitos asuntos. Ojalá puedas disfrutar también de esa canción que tanto te gusta y te recuerda tu propio centro, el rol que cumples en este todo que somos.

Ama tu vida como la única oportunidad de cambiar la historia y trascender tus propios límites; ya eres un gigante eterno, pero hay esperanza en tu corazón y ésa es la que te hará elevarte. No temas respirar y volver a gritar para agitar nuestros corazones, di lo que tu alma tenga para decir.

Sé que tu inefable mística te acompaña aún y atiendes a los que puedes, das más y más de tu energía indoblegable, casi equina. Pero ese es el error amor mío, ahora por primera vez debes recibir la fuerza de los que te amamos.

Nunca imaginé que tropezarías primero que alguno de nosotros. Siempre estabas como un toro, como un verdadero alfa, empujándonos y dándonos ánimo con tu ejemplo incansable. Por eso sé que te levantarás y podremos abrazarnos de nuevo, un día no muy lejano.

La primera vez que salimos me llevaste a Barinas, nunca lo olvidaré, porque es la tierra de nuestros padres, vimos la sabana plena como vientre de mujer.

Cuando fuimos a España me enfermé; recordaba con escalofriante claridad el vértigo de mis antepasadas secuestradas, las vírgenes de Margarita, que según las cartas de los colonos fueron llevadas como regalos a las pervertidas majestades europeas. Las mujeres Caribes no soportaban el viaje amargo y las vejaciones; morían o padecían enfermedades rápidamente.

Entonces estuviste para abrazarme por primera vez, dándome ánimos, más tarde la guardia real nos separaría a empujones. Por esos días nos sacamos nuestra primera foto juntos. Éramos inseparables, mi familia y amigos comprendían que era amor verdadero, lo nuestro.

Nadie podrá ocupar tu lugar en mi corazón, porque me trataste como un igual, me respetaste y me enseñaste todo lo que hacía falta para templar mi espíritu y hacerme irreductible en cuanto a la honestidad que la tarea revolucionaria requiere. NO necesité palancas, ni engaños, ni hacer lobby o planificar trampas para coincidir, sólo mi trabajo era seductor para ti.

Viajamos por todo el país, siempre te recibían con la alegre consciencia de saber que eras uno más, pero también un compañero muy especial, el que nos hizo despertar.

Presencié el encuentro histórico de tres grandes en La Habana, el nacimiento de aquel nuevo ALBA. Te vi resistir fieramente la amenaza en San Pedro Alejandrino, cuando te opusiste a entregarle nuestras tierras a los del Norte. Estuve en Mar de Plata, donde nos demostraste lo que podíamos hacer unidos, juntos.

Me enseñaste que el trabajo lo es todo para un revolucionario, me ayudaste a honrar la lucha de mi padre y a ser yo misma como me conozco hoy. Contigo aprendí a ser consciente de mi rol histórico.

La última vez que nos vimos, en Plaza Caracas, te dije que te quería y me dijiste que tú también. Me tuve que ir porque algunos compañeros me veían con ojeriza, qué vaina son los reformistas. Sé que te ríes de estas cosas mías, que te tomas la cabeza y piensas qué pequeña soy, qué caprichosa y malcriada, pero te gusta que sea rebelde, porque eso fue justamente lo que me enseñaste: a ser insurgente.

Me han dicho que tienes que cambiar de vida. Que debes irte a la sabana a vivir en paz, o dejar de ser tan apasionado con tu trabajo, pues entender esta realidad que nos toca y decidir sobre ella, tiene un precio muy alto, que es la entereza de tu salud.

Sea lo que sea te voy a amar y seguiré en la lucha por la libertad. Seré implacable y eficaz, no dejaré pasar errores en tu nombre.

Y debes saber que siempre rezo por vos.

Te ama,

María.-


sábado, 9 de febrero de 2013

CHÁVEZ Y EL FUMAR: LA CONTINUIDAD DE LA REVOLUCIÓN


Es un momento histórico para Venezuela. Un proceso sutil se da bajo el radar, una parte del pueblo separada de su líder y compañero se desteta como de la madre; sujeto social que estuvo sometido y excluido, y el hecho transformador que Hugo Chávez propició en 1992 lo sacó de su sopor, para inicialmente buscar igualdad en un mundo de libre competencia.

La revolución se trata del despertar individual y colectivo, generar las condiciones para ejercer la libertad de albedrío, de pensar y elegir. Chávez es un eslabón en la cadena de luchadores que han mantenido a flote la resistencia.

Fumaba, muy a pesar de los encargados de cuidar su vida. Pero si lo que necesita es tiempo para recuperarse, lo merece. La lucha continuará y tendremos la difícil tarea de crear los métodos más eficaces para descubrir quiénes son los hombres y mujeres más probos, más honestos, más capaces y ejemplares en todo, quienes podrán administrar cada ámbito de nuestro país.

Es necesario hablar del fumar porque fue lo que nos trajo a este momento histórico, casi se llevó a Fidel Castro, a “Lula” Da Silva y le hizo padecer varias operaciones a Chávez. Por lo que quizá todos deberíamos, madura y responsablemente, sacrificar esos pequeños vicios personales que ponen en riesgo una revolución.

Grandes o mínimas debilidades son las que nos puedan apartar de la lucha diaria, que es perfecta y limpia cuando es consciente de sí, cuando responde a la vocación y es bien recompensada; eso es lo imprescindible.

Lo que sucede en las cárceles venezolanas da parte de la gran debilidad de la visión educativa que hemos adoptado; entre otros factores. El pedagogo ruso Anton Makarenko comprobó hace casi un siglo que el aprendizaje, la enseñanza de nuevas formas de vivir, es el mejor motor transformador especialmente para el que delinque, por lo que se debe propiciar el nacimiento del nuevo ser.

En ese sentido, todos debemos ser transformados, porque somos víctimas o victimarios en un círculo de violencia, vicios y deformidades sociales, producto de sobrepoblación, desempleo y pobreza, entre otros temas de convivencia humana.

Por ello la Ley de Educación debe ser de avanzada, contar con el consejo de nuestros indígenas que nunca fueron demasiados y siempre tuvieron para comer y vivir felices, antes de la colonización; así como la plena participación de las comunidades de todo el país.

En el ámbito comunicacional la batalla es ideológica. El español es simplemente la lengua del último que nos “civilizó” y el inglés avanza en la clase media; por ello la radio, la televisión digital, el internet deben estar al servicio de la construcción de nuevos imaginarios, que usen los referentes de nuestras raíces y hagan una pequeña contraparte a las numerosas invasiones doctrinarias.

Debemos ser capaces de producir contenidos que redefinan nuestra humanidad, el modo en el que concebimos el mundo, nuestros valores, cómo nos relacionamos y cómo podemos ser mejores seres humanos, mejores venezolanos.

Tenemos un conflicto social que responde a la violencia del enfrentamiento de clases, y aunque la agenda social adelante ciertos beneficios, la repartición de la tierra es fundamental en el plan revolucionario, que el periodista Jon Lee Anderson, pretende defenestrar en el New York Times como un sueño que morirá con Chávez.

Puede que aquel plan tuviera sus debilidades, el que nació a la luz de los primeros años de la revolución; algunos incluso merecen honroso relevo, pues nuestra economía es voluble y petrodependiente. Es imperativo acelerar la producción de alimentos y manufactura para arrancar la inflación y la especulación de raíz.

Tal vez el Presidente quiera dejar caer el peso de la Ley sobre aquellos cercanos no tan probos, castigando públicamente el enriquecimiento y la inmoralidad, como hizo Rafael Correa en Ecuador.

Así Chávez seguirá en el corazón del pueblo como un líder respetuoso, que ojalá encuentre en su proceso de recuperación una compañera que apacigüe sus ansias de caballo alazán y le ayude a ganar plenamente su batalla más personal. Le recomiendan cuidarse del Opus Dei que apostó a penetrar su círculo más íntimo.

Ha sido una larga espera para Capuletos y Montescos. Una dura prueba cuando sabemos que lo que viene es joropo.

domingo, 6 de enero de 2013

CHÁVEZ: “TU QUOQUE BRUTE, FILI MI”

Parece muy difícil para los venezolanos considerar a su Presidente un mortal. Hugo Chávez, bien conocido por su mística laboral, aspira a ser considerado un igual, un compañero de trabajo, aunque tantos insistan en endiosar al servidor público que debe obedecer a la voluntad de la mayoría de los venezolanos y venezolanas.

Trabajando a toda hora, descansando sólo cuando es necesario, atento a toda nueva información, denuncia y obstáculo para la Revolución, Chávez demostró con creces tener una excelente disposición para el trabajo, que cobró su buena salud en aquella tarima de la avenida Bolívar, bajo la lluvia.

Poseso por la idea de conducir a Venezuela al conocimiento, el soldado de Sabaneta propició la creación del poder popular, y con ello el acceso a los derechos mínimos de la mayoría, muy a pesar de la derecha nacional y extranjera.

Exploró potencialidades y logró alianzas estratégicas que salvan al país de correr con la misma suerte de otros países petroleros como Siria, Irak y Libia, entre otros, donde la Otan pretende imponer gobiernos y que el pueblo se someta al capitalismo y al saqueo.

El Presidente venezolano se entregó a las tareas que le fueron encomendadas con la mentalidad del que no debe ni teme. Ni siquiera quiso casarse una vez más.

Estoy segura que sintió gran frustración por los desmanes o errores de amigos, familiares, conocidos y subordinados, tal vez prefirió absorber las malas noticias y así su centro vital se envenenó; algunos lejos de estar en sintonía con el proceso revolucionario, muestran más interés por negocios, viajes y placeres, que por la construcción histórica de un nuevo sistema de vida.

La política no ha dejado de ser sucia desde sus accidentados inicios, el tráfico de influencias y la inmoralidad siguen siendo parte, como en la Grecia Antigua: “¿Tú también, Brutus, hijo mío?” dijo el César al ver al discípulo entre los conjurados que lo matarían.

No comparo al César con Chávez ni a esa República con la nuestra. Intento imaginar la sensación del Mandatario al saberse entre peligros para una Revolución, que fue la salida necesaria a un sistema decadente, que olvida las necesidades de los desfavorecidos para dar mayor cabida al éxito de las empresas de los que siempre han tenido.

Si el acceso al conocimiento es el principio de la desigualdad, Chávez se dedicó a garantizar la creación de espacios de intercambio de saberes para el desarrollo humano. Recientemente invitó a defender, expandir y consolidar la independencia nacional.

Falta mucho por recorrer en torno a reforma agraria, igualdad de género, independencia cultural contra la alienación globalizadora, impartiendo a los jóvenes ser independientes y con mayor consciencia; lo que es conducente a una necesaria y urgente transformación del sistema educativo actual, en la búsqueda de una educación liberadora.

Lo que sigue ahora es el fortalecimiento y expansión del Poder Popular para que el pueblo sea el poder. Se hace necesario aprender y enseñar a vivir conviviendo, a través de redes de apoyo en las comunidades, a través de la apropiación de los espacios públicos, lugares de encuentro e intercambio personal, cultural y recreativo.

Podemos recurrir a nuestros indígenas y buscar su consejo, para así eliminar los males de nuestra sociedad. Es inminentemente necesaria la transformación del sistema económico, para la transición al socialismo bolivariano, trascendiendo el modelo rentista petrolero capitalista hacia el modelo económico productivo socialista.

Se plantea además la transformación de la lógica de producción y la forma de relacionarse con el trabajo, para lograr la armonización de la vida familiar y social del sujeto libre. Así como la transformación de las estructuras penitenciarias a través de un nuevo estado democrático y social, de derecho y de justicia.

Esperamos compasivamente que nuestro compañero Chávez se mejore y pueda volver a su país, será acompañado en todo momento por un pueblo despierto ante la responsabilidad indeclinable de la toma de decisiones para nuestra nueva humanidad.

domingo, 17 de abril de 2011

EL PERDÓN

Estaba un poco fuera de control, dejando ver los efectos del rush de la adolescencia. India empezaba a experimentar la rebeldía setentosa: cigarrillos, rock y alcohol. “Un completo desastre, fue lo que dejó la mujercita aquella” decía doña Clamidia, quien realmente se llamaba Clarissa de Aristurleta, pero su hijastra India, la bautizó como una infección muy molesta desde el día en que la conoció.
El colmo para doña Clamidia fue la vez que India se fue a un concierto de rock y apareció a las cinco de la mañana. No estaba borracha, pero apestaba a bar. “¿Cómo diantres entra tu joyita a cualquier antro si es menor de edad?” le espetaba doña Clamidia al viejo Roque, callado y triste, de haber perdido a la madre de India, en algún pasaje de la antigua vida. La chica ni siquiera se maquillaba para parecer mayor, andaba libre por ahí con sus panas, y no había maestro, entrenador, institutriz o colegio que pudiera con sus leguleyos argumentos, de “yo soy dueña de mi tiempo”.
Nunca fue una niña mal portada; era tímida, sencilla, rápida y avispada, como la mamá, la idolatrada y joven madre, consumida por el cáncer antes de que dios quisiera. Por tanto, a India le encantaba hablar sola. Sus hermanos, todos varones, los hijos de doña Clamidia, se burlaban de la particular maña, y andaban pendientes de sorprenderla en plena conversa. Ella se callaba y les torcía los ojos, porque no le gustaba compartir su incomprendida intimidad.
Maestros de ballet, esgrima, piano, ganchillo y mecanografía pasaron por su espléndido salón de madera, pero ninguno pudo con la indisciplina de la carajita, que se les reía en la cara cuando le hablaban de la tarea del día anterior. “Ni sueñen que haré tarea, tengo mejores cosas que hacer”, sentenció a los once. O sea que ya la cosa venía atropellada, desde la más temprana pubertad.
Cuando la mandaron al retiro de las monjas, ni se inmutó. Se llevó su walkman y una caja de casetes. Se ponía los audífonos y montaba bicicleta alrededor de un lago, miles de veces, viendo los mismos patos, disfrutando tratar de atropellarlos. Echaba a pedalear en falda, con la gran desaprobación de las hermanitas de la caridad “de quién sabe qué coños”, como les decía. Los atardeceres en el patio del conventillo eran dorados y frescos. India disfrutaba enormemente estar sola y andar así, sin tiempo, entre las monjas con votos de silencio.
A veces subía al techo y comía las fresas que recogía en los rincones, o se fumaba un cigarro de contrabando, o se tendía al sol en uno de los bancos fríos de mármol, toda desparramada, con las piernas abiertas, viendo pasar las abejas y las mariposas. Nada en qué pensar, el verano era neutral y soplaba una brisa que ni ruido hacía. En las noches comía los dulces de las monjas, sobando un gato tigrito que aparecía de vez en cuando, y claro, escuchando la sinfonía de los grillos y los sapos.
La manada de muchachos del taller de los hermanos se enteró que había una muchacha de visita. No era hermanita, pues como castigo pasaría un rato entre las viejas locas del conventillo. Los muchachos merodeaban a menudo, tratando de ver en el riachuelo alguna religiosa desprevenida, con los hábitos arriba de las rodillas. Fueron incluso tan atrevidos como para ir a sacarle permiso, para invitarla a la feria de la mermelada. “Qué cosa indecente”, dijeron las monjas, pero como la chica se portaba tan bien, pues aceptaron con la condición de llevar chaperona.
A India le presentaron a varios muchachos, de camino a la feria de la mermelada, y además le informaron que al día siguiente se escaparían para ir al río. La chaperona tenía su interés romántico en el grupo de muchachos, así que era poco lo que cuidaba. India levantó la ceja cuando la hermanita Soledad le comentó que había un muchacho pendiente de ella. “Ah buena sinvergüenza celestinera, me pusieron como carcelera”, concluyó en verso, y lo escribió en su cuaderno de notas.
Qué se podía esperar si India a los quince todavía jugaba con muñecas, escribía tonterías en el viejo cuaderno y sólo un zagaletón le había robado un beso en un paseo, así que cuando Abel se le acercó, ella no supo cómo responder, pero se emocionó un poco. Él era rubio y los bichos del río le habían picado bastante en la espalda y los brazos; para ser un muchacho del campo, se veía bastante mal. Se sentó toda la tarde con India, y le hacía chistes bobos sobre los otros muchachos. En la noche le preguntó por la ventana de su celda si quería tomarse un refresco con él, cuando las monjitas se descuidaran en el fin de semana.
India no contestó ni siquiera. No entendía el cortejo, ni se daba por aludida. En sus pensamientos sólo estaban sus casetes y sus notas. Se explotaba los oídos con rock n’ roll y escribía refranes y frases ingeniosas para insultar a sus hermanos. Pero después de salir el sábado a tomar un refresco con Abel, y descansar de los rosarios infinitos de las viejas monjas, entendió que no le gustaba el muchacho, pero era agradable conversar y reír de sus chistes inocentones.
Una tarde Abel la invitó a comer helado en su casa. India logró que la hermanita Soledad le diera puerta franca, porque un helado de esa zona nunca se rechaza, por lo caro y delicioso del mismo. Se montó en la bicicleta. Falda por las rodillas y franela blanca. Qué niña era. Llegó a la casa del muchacho y se tiró en el piso a jugar con una perra roñosa y sus cuatro perritos.
Abel estaba perfumado y nervioso. Comieron helado y escucharon la radio en la parte de atrás de la casita desierta, los padres, estarían trabajando. Abel no prestaba atención a los éxitos de la radio. Se apresuró a poner el brazo detrás del cuello de la chica y de pronto empezó a darle besitos torpes en la cara. Él sudaba. Ella miraba a los lados, como esperando que apareciera un adulto en casa y controlara la situación.
India le sonrió a Abel y le dijo que la dejara escuchar la radio. Él no hizo caso y siguió en los besos, mala señal. El muchacho fue al radio y cambió la estación, salió un tema odiosísimo de Tom Jones. Cuando regresó estaba sin camisa y se recostó en el piso junto a India.
Ella empezó a sentirse incómoda y pensó en irse al conventillo. Pero la intuición llegó tarde. Él se le lanzó encima y le levantó la falda de un tirón. Le baboseaba el cuello y ella le dijo que no quería estar tan cerca. La raspaba con la barba incipiente y la forzaba a separar las rodillas; silenció sus gritos con su propia boca y maniató sus muñecas con una sola mano. No tenía mucha hombría, pero bastó para romper las barreras de la primera vez.
India lloraba en silencio, con la mirada fija en el techo de paja. El piso de cemento raso le maltrataba la espalda. Abel pesaba mucho y se movía como un animal. Ella esuchaba “it's not unusual to be loved by anyone, It's not unusual to have fun with anyone, but when I see you hanging about with anyone, It's not unusual to see me cry, oh I wanna' die…”
Ya Abel se levantaba bastante satisfecho, rápido, sin que la asquerosa canción llegara a su fin.  Y le inquirió realmente extrañado, “¿pero por qué lloras?” Ella se redujo a la posición fetal, y se preguntó cómo había pasado esto, cómo Abel había dejado de ser gente y por qué no había luchado más para evitar que él lograra su cometido. Pero notó en sus codos rotos, en su espalda raspada y en su pelo arrancado, que sí había luchado. En el piso estaban las señas de la lucha.
Salió en carrera y adolorida de la casucha, la perra y los perritos parecían llorar al verla salir así, herida para siempre. Se montó con dificultad en la bicicleta y media cuadra más adelante, rodó por el suelo al no poder mantener el equilibrio. Se rompió las rodillas y las palmas de las manos. Ya no tenía lágrimas.
En la inmensa arca de entrada al conventillo no había nadie. Transitó hasta su celda sin que nadie la saludara, le diera un vaso de agua, o una oración para reconfortarla. Esa noche no pudo dormir, dañada, sucia, India se balanceaba en el borde oscuro de la cama. Abrió una brecha hacia adentro y se torturaba; quizá, pensaba, había sido su culpa. Una espina envenenada se había hincado en su centro y amargaba todo su ser.
India sufría pesadillas recurrentes en las que siempre veía incontables monedas que debían ser inventariadas y amontonadas; en el sueño tenía la certeza de que nunca podría, incluso invirtiendo hasta su último aliento, enumerarlas todas. A la menor exigencia se quebraba como un junco, tiraba las cosas sin querer y miraba con ojos vacíos. Fumaba muchísimo. El peso del secreto era un castigo por haber sido tan débil, por haber perdido su autonomía por un momento, por no haber visto las malas intenciones, por su silencio cómplice. Pasarían años antes de que India dijera en voz alta, cómo había sido su primera vez.
El destino quiso que India se encontrara con Abel mucho tiempo después. Él no pudo sostener la mirada; sabía que sus acciones le habían jodido la vida a quien era una niña. El karma es un perseguidor implacable y nunca olvida las deudas.  Pero ella estaba en paz, reposada, al fin había roto el dolor y sin mediar más palabras, le soltó: “te perdono”.
Sólo el amor podría recubrir las paredes de su interior. Sólo encontrar la dulzura de un amante fiel, la ilusión de un verdadero hombre, la confesión de todos sus secretos, la entrega absoluta y sin miedo, con largos años de terapia y la imagen inalterable de alguien digno, la harían sobrepasar las miserias de los humanos.
Al final del castigo doña Clamidia y su padre Roque, vinieron a buscarla al conventillo sin advertir ninguna diferencia en India.

lunes, 7 de febrero de 2011

EL SEGUNDO AMOR

 
El Viejo dijo que si le contaba mi historia de amor, a cambio me contaría cómo se enamoró por segunda vez. Cuando conoció a Livia hace quince años, se descubrió oxidado y ya bastante aburrido de los juegos de seducción. Por eso, sólo conversaba con ella en el cafetín de Ciencias, donde él daba clases y ella las recibía. Poco a poco los empezaron a ver con ojos de prejuicio. A él siempre le valió madres lo que dijeran de él, y ella no se daba por aludida. Los amigos de él le aconsejaban darse por vencido, implicando que la pelirroja altísima no estaba interesada en un tipo como él. Los amigos de ella, le preguntaban por qué pasaba tanto tiempo con un profesor que le doblaba la edad y que siempre hablaba de cosas aburridas.
Ella no tenía daddy issues como los demás pensaban. Simplemente lo vio. Se entretenía con las historias del Viejo; él siempre tenía un comentario ingenioso, un chiste único, un elogio discreto. Ella se sonrojaba con frecuencia, estudiaba mucho, corría en las noches y salía de la ciudad periódicamente para ir a visitar a sus padres sencillos y humildes, que vivían en un pueblo lejano.  
Cuando él estaba sólo, se ocupaba de leer los miles de libros que lo acunaban en su casita de montaña. Era un santuario al que pocos llegaban, un espacio austero sin más lujos que estantes de reliquias y un televisor viejo. Pocas fotos, pocos amigos, pocas pistas. Lo aprendió de sus días de guerrilla, no dejar rastro, ser silencioso al caminar y acorazado en las emociones.
A El Viejo le encantaban las mujeres, y aunque no le gustara aceptarlo, él sabía que si no se controlaba, eran su perdición. Cuando estaba con una, llegaba otra, que picaba su curiosidad, que ponía en jaque la tranquilidad, que complementaba las características de la principal, que se podía convertir en otra amiga ideal. La contención no era su especialidad, pero luego del primer gran desamor, de algún modo comprendió que a veces el dolor es, en cierta medida, evitable.
Así apareció esta joven hada, que casi nunca decía cosas sin importancia. Livia tenía la brevedad como premisa, pero no era tonta ni vacía, había contundencia en ella. Su vestimenta se diferenciaba en varios grados de los demás. Era larguirucha y no le quedaban las mismas cosas que a las otras chicas, que querían mostrar aquí y más allá. Le quedaban particularmente bien los pantalones naranja que combinaban con su pelo y las bufandas rayadas.
Una noche, Livia y El Viejo, coincidieron en un asalto de botellas de vino en casa de algún amigo. Allí se miraron, pero no dijeron nada, a los dos les parecían inconvenientes el tumulto, el calor etílico y las hormonas de los compañeros.
Pasaban los años y ella se iba a graduar pronto. Las cosas tenían que cambiar, es la tendencia natural de la vida. El tiempo se acababa. Una noche él salía de clases. Ella le invitó un café en la panadería. Él se dio cuenta de que algo era diferente. De pronto llovió muy duro. El Viejo notó que nunca le había dicho que le gustaba. Ella no lo miraba a la cara, se jurungaba las manos y el borde del suéter de lana. Parecía contrariada. Y él se dio cuenta que se había vuelto perezoso y lento. Salía con otras mujeres, pero siempre era todo tan plano, que no importaban, era lo mismo, no trascendía en ellas ni en sus vidas, eran ajenas y él igual para ellas.
Pero adentro de ellos algo se levantó en rebelión. Esta vez importaba. Las sutilezas de la vida duran segundos, así que él la tomó de la mano y la condujo hasta el carro, bajo la lluvia. Ella se mojó casi con gozo y al fin sonrió. No dijeron nada, sabían que ése era el comienzo de algo. El Viejo creyó que más tarde podría decirle lo mucho que le gustaba.
Livia vio a través de él. Sonrió benevolente y se dejó conducir a su casa de viejo solitario. Lo besó bajo la lámpara de la sala y se quedaron dos días sin salir. Se miraron, se rieron de los chistes del Viejo, y se miraron como cuando El Padrino conoce a Apolonia en Italia. 
No hubo inconvenientes con la familia de ella, los otros profesores escogieron no decir nada, y los compañeros se hicieron la vista gorda. El Viejo continuó su vida, y sonreía alegre para sí cuando tenía cerca a Livia, su suavidad, su humor, su compañía, su opinión. No dejó de salir con otras mujeres, pensó que no estaba mal. Y eventualmente viajaba fuera de la ciudad para ver a antiguas amigas.
Él no era malicioso, y ella tampoco. Pero sabía. Livia sabía cómo se sabe cuando se ama, que más que saber, es sentir al otro, qué hace, qué siente, qué vive, qué desea… Así que cuando llegó la coyuntura de la decisión, cuando ella se graduó y debía escoger entre irse, o quedarse con El Viejo, ella le comunicó con ciertas lágrimas en los ojos, que se iba. Él no pidió explicaciones, cosa que ella deseaba dar, pero por respeto al mutuo libre albedrío, nadie dijo nada.
Livia se fue y él se acorazó para no recordar la agradable sensación de su piel tibia, se entretuvo en mil cosas, el trabajo, las otras mujeres, los viajes, para no reaccionar ante la pérdida. Y logró sobrevivir, nunca olvidar. Ella empezó a trabajar y conoció a un joven ingeniero, que su familia aprobó.
Ella se casaría. El Viejo sabía de esto y alguna vez levantó el teléfono para pedirle que volviera a su lado, pero terminó dándole bienaventuranzas y felicidades. Ella pensó que nunca la había amado de verdad. Él quiso enterrarla lejos con su vida ideal y convencional. Pero lo cierto es que  una tarde de sábado, El Viejo recibió una llamada que le comunicó que Livia había tenido un terrible accidente de tránsito, en el que su prometido había muerto. Ella estaba con vida. El Viejo fue a visitarla. La madre de Livia le dijo al entrar en la casa, ella te está esperando, seguro te reconocerá. Estaba en una cama clínica. Más flaca que nunca, con la mirada perdida, no se movía. Él no sabía qué hacer, sintió que el viento se detenía afuera, que la vida le mostraba toda su crueldad, que no tenía sentido lo que presenciaba. Livia pareció agitarse en la cama, al darle vistazo. Luego se sumergió en sus cavilaciones comatosas. Ella no despertaría más.
Todos los amigos médicos del Viejo vieron a Livia, pero no había esperanzas para ella. Su pelo estaba muy corto, sus ojos no eran de hada. Quien habitó su cuerpo, hacía rato que había partido. Era un cascarón que la familia trasladaba a cientos de hospitales para hacer algo por ella, pero nada la aliviaría. Al poco tiempo, por fin, se cansó y cerró los ojos para volver a vaciar sus pecas y su pelo de zanahoria al universo.
El Viejo se alivió por fin al decirme que la amó. Fue su segundo y gran amor.