lunes, 7 de febrero de 2011

EL SEGUNDO AMOR

 
El Viejo dijo que si le contaba mi historia de amor, a cambio me contaría cómo se enamoró por segunda vez. Cuando conoció a Livia hace quince años, se descubrió oxidado y ya bastante aburrido de los juegos de seducción. Por eso, sólo conversaba con ella en el cafetín de Ciencias, donde él daba clases y ella las recibía. Poco a poco los empezaron a ver con ojos de prejuicio. A él siempre le valió madres lo que dijeran de él, y ella no se daba por aludida. Los amigos de él le aconsejaban darse por vencido, implicando que la pelirroja altísima no estaba interesada en un tipo como él. Los amigos de ella, le preguntaban por qué pasaba tanto tiempo con un profesor que le doblaba la edad y que siempre hablaba de cosas aburridas.
Ella no tenía daddy issues como los demás pensaban. Simplemente lo vio. Se entretenía con las historias del Viejo; él siempre tenía un comentario ingenioso, un chiste único, un elogio discreto. Ella se sonrojaba con frecuencia, estudiaba mucho, corría en las noches y salía de la ciudad periódicamente para ir a visitar a sus padres sencillos y humildes, que vivían en un pueblo lejano.  
Cuando él estaba sólo, se ocupaba de leer los miles de libros que lo acunaban en su casita de montaña. Era un santuario al que pocos llegaban, un espacio austero sin más lujos que estantes de reliquias y un televisor viejo. Pocas fotos, pocos amigos, pocas pistas. Lo aprendió de sus días de guerrilla, no dejar rastro, ser silencioso al caminar y acorazado en las emociones.
A El Viejo le encantaban las mujeres, y aunque no le gustara aceptarlo, él sabía que si no se controlaba, eran su perdición. Cuando estaba con una, llegaba otra, que picaba su curiosidad, que ponía en jaque la tranquilidad, que complementaba las características de la principal, que se podía convertir en otra amiga ideal. La contención no era su especialidad, pero luego del primer gran desamor, de algún modo comprendió que a veces el dolor es, en cierta medida, evitable.
Así apareció esta joven hada, que casi nunca decía cosas sin importancia. Livia tenía la brevedad como premisa, pero no era tonta ni vacía, había contundencia en ella. Su vestimenta se diferenciaba en varios grados de los demás. Era larguirucha y no le quedaban las mismas cosas que a las otras chicas, que querían mostrar aquí y más allá. Le quedaban particularmente bien los pantalones naranja que combinaban con su pelo y las bufandas rayadas.
Una noche, Livia y El Viejo, coincidieron en un asalto de botellas de vino en casa de algún amigo. Allí se miraron, pero no dijeron nada, a los dos les parecían inconvenientes el tumulto, el calor etílico y las hormonas de los compañeros.
Pasaban los años y ella se iba a graduar pronto. Las cosas tenían que cambiar, es la tendencia natural de la vida. El tiempo se acababa. Una noche él salía de clases. Ella le invitó un café en la panadería. Él se dio cuenta de que algo era diferente. De pronto llovió muy duro. El Viejo notó que nunca le había dicho que le gustaba. Ella no lo miraba a la cara, se jurungaba las manos y el borde del suéter de lana. Parecía contrariada. Y él se dio cuenta que se había vuelto perezoso y lento. Salía con otras mujeres, pero siempre era todo tan plano, que no importaban, era lo mismo, no trascendía en ellas ni en sus vidas, eran ajenas y él igual para ellas.
Pero adentro de ellos algo se levantó en rebelión. Esta vez importaba. Las sutilezas de la vida duran segundos, así que él la tomó de la mano y la condujo hasta el carro, bajo la lluvia. Ella se mojó casi con gozo y al fin sonrió. No dijeron nada, sabían que ése era el comienzo de algo. El Viejo creyó que más tarde podría decirle lo mucho que le gustaba.
Livia vio a través de él. Sonrió benevolente y se dejó conducir a su casa de viejo solitario. Lo besó bajo la lámpara de la sala y se quedaron dos días sin salir. Se miraron, se rieron de los chistes del Viejo, y se miraron como cuando El Padrino conoce a Apolonia en Italia. 
No hubo inconvenientes con la familia de ella, los otros profesores escogieron no decir nada, y los compañeros se hicieron la vista gorda. El Viejo continuó su vida, y sonreía alegre para sí cuando tenía cerca a Livia, su suavidad, su humor, su compañía, su opinión. No dejó de salir con otras mujeres, pensó que no estaba mal. Y eventualmente viajaba fuera de la ciudad para ver a antiguas amigas.
Él no era malicioso, y ella tampoco. Pero sabía. Livia sabía cómo se sabe cuando se ama, que más que saber, es sentir al otro, qué hace, qué siente, qué vive, qué desea… Así que cuando llegó la coyuntura de la decisión, cuando ella se graduó y debía escoger entre irse, o quedarse con El Viejo, ella le comunicó con ciertas lágrimas en los ojos, que se iba. Él no pidió explicaciones, cosa que ella deseaba dar, pero por respeto al mutuo libre albedrío, nadie dijo nada.
Livia se fue y él se acorazó para no recordar la agradable sensación de su piel tibia, se entretuvo en mil cosas, el trabajo, las otras mujeres, los viajes, para no reaccionar ante la pérdida. Y logró sobrevivir, nunca olvidar. Ella empezó a trabajar y conoció a un joven ingeniero, que su familia aprobó.
Ella se casaría. El Viejo sabía de esto y alguna vez levantó el teléfono para pedirle que volviera a su lado, pero terminó dándole bienaventuranzas y felicidades. Ella pensó que nunca la había amado de verdad. Él quiso enterrarla lejos con su vida ideal y convencional. Pero lo cierto es que  una tarde de sábado, El Viejo recibió una llamada que le comunicó que Livia había tenido un terrible accidente de tránsito, en el que su prometido había muerto. Ella estaba con vida. El Viejo fue a visitarla. La madre de Livia le dijo al entrar en la casa, ella te está esperando, seguro te reconocerá. Estaba en una cama clínica. Más flaca que nunca, con la mirada perdida, no se movía. Él no sabía qué hacer, sintió que el viento se detenía afuera, que la vida le mostraba toda su crueldad, que no tenía sentido lo que presenciaba. Livia pareció agitarse en la cama, al darle vistazo. Luego se sumergió en sus cavilaciones comatosas. Ella no despertaría más.
Todos los amigos médicos del Viejo vieron a Livia, pero no había esperanzas para ella. Su pelo estaba muy corto, sus ojos no eran de hada. Quien habitó su cuerpo, hacía rato que había partido. Era un cascarón que la familia trasladaba a cientos de hospitales para hacer algo por ella, pero nada la aliviaría. Al poco tiempo, por fin, se cansó y cerró los ojos para volver a vaciar sus pecas y su pelo de zanahoria al universo.
El Viejo se alivió por fin al decirme que la amó. Fue su segundo y gran amor.


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