martes, 5 de marzo de 2013

ALFA LOVE

Amado:

Te escribo a la vera del río. He querido enviarte señales antes, mejores y más amorosas, pero me daba pena ocuparte con mis vainas, ya tienes bastante con lo que te pasa.

Espero que para leer esta carta tengas un momento de paz, entre tanta gente que te quiere importunar y preguntarte sobre infinitos asuntos. Ojalá puedas disfrutar también de esa canción que tanto te gusta y te recuerda tu propio centro, el rol que cumples en este todo que somos.

Ama tu vida como la única oportunidad de cambiar la historia y trascender tus propios límites; ya eres un gigante eterno, pero hay esperanza en tu corazón y ésa es la que te hará elevarte. No temas respirar y volver a gritar para agitar nuestros corazones, di lo que tu alma tenga para decir.

Sé que tu inefable mística te acompaña aún y atiendes a los que puedes, das más y más de tu energía indoblegable, casi equina. Pero ese es el error amor mío, ahora por primera vez debes recibir la fuerza de los que te amamos.

Nunca imaginé que tropezarías primero que alguno de nosotros. Siempre estabas como un toro, como un verdadero alfa, empujándonos y dándonos ánimo con tu ejemplo incansable. Por eso sé que te levantarás y podremos abrazarnos de nuevo, un día no muy lejano.

La primera vez que salimos me llevaste a Barinas, nunca lo olvidaré, porque es la tierra de nuestros padres, vimos la sabana plena como vientre de mujer.

Cuando fuimos a España me enfermé; recordaba con escalofriante claridad el vértigo de mis antepasadas secuestradas, las vírgenes de Margarita, que según las cartas de los colonos fueron llevadas como regalos a las pervertidas majestades europeas. Las mujeres Caribes no soportaban el viaje amargo y las vejaciones; morían o padecían enfermedades rápidamente.

Entonces estuviste para abrazarme por primera vez, dándome ánimos, más tarde la guardia real nos separaría a empujones. Por esos días nos sacamos nuestra primera foto juntos. Éramos inseparables, mi familia y amigos comprendían que era amor verdadero, lo nuestro.

Nadie podrá ocupar tu lugar en mi corazón, porque me trataste como un igual, me respetaste y me enseñaste todo lo que hacía falta para templar mi espíritu y hacerme irreductible en cuanto a la honestidad que la tarea revolucionaria requiere. NO necesité palancas, ni engaños, ni hacer lobby o planificar trampas para coincidir, sólo mi trabajo era seductor para ti.

Viajamos por todo el país, siempre te recibían con la alegre consciencia de saber que eras uno más, pero también un compañero muy especial, el que nos hizo despertar.

Presencié el encuentro histórico de tres grandes en La Habana, el nacimiento de aquel nuevo ALBA. Te vi resistir fieramente la amenaza en San Pedro Alejandrino, cuando te opusiste a entregarle nuestras tierras a los del Norte. Estuve en Mar de Plata, donde nos demostraste lo que podíamos hacer unidos, juntos.

Me enseñaste que el trabajo lo es todo para un revolucionario, me ayudaste a honrar la lucha de mi padre y a ser yo misma como me conozco hoy. Contigo aprendí a ser consciente de mi rol histórico.

La última vez que nos vimos, en Plaza Caracas, te dije que te quería y me dijiste que tú también. Me tuve que ir porque algunos compañeros me veían con ojeriza, qué vaina son los reformistas. Sé que te ríes de estas cosas mías, que te tomas la cabeza y piensas qué pequeña soy, qué caprichosa y malcriada, pero te gusta que sea rebelde, porque eso fue justamente lo que me enseñaste: a ser insurgente.

Me han dicho que tienes que cambiar de vida. Que debes irte a la sabana a vivir en paz, o dejar de ser tan apasionado con tu trabajo, pues entender esta realidad que nos toca y decidir sobre ella, tiene un precio muy alto, que es la entereza de tu salud.

Sea lo que sea te voy a amar y seguiré en la lucha por la libertad. Seré implacable y eficaz, no dejaré pasar errores en tu nombre.

Y debes saber que siempre rezo por vos.

Te ama,

María.-


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